Justo ese día conocí a Nelson. En la noche anterior Ana se había muerto. Me lo encontré de frente, tras haber salido para darle la vuelta a un parquecito al que iba cuando me sentía más solo. No comprendí al instante si era una réplica tejida de Ana masculinizada, o si el encuentro fue con Ana más bien, pero al rato se me hizo tan parecido, en sus ojos de delfín y su tic inconsciente como un soplido por entre la espalda de una ballena, que pensé casi llorando de la dicha que la noticia de la muerte era falsa. Desde entonces todo carece de sentido. El circo es que nos hicimos muy buenos amigos. Me dijo, ¡Ey, me llamo Nelson, por si quieres venir algún día a comprar artesanías! Luego seguí mi camino y se me ocurrió que de pronto Nelson también había muerto.
Cuando eso yo traía los ojos empaquetados, de un color rojizo, y bajo mis párpados, sin que nadie lo supiera, llevaba escondidas las ganas de morir, amarillas, como del color que late encerrado en toda la mitad del semáforo, entre dos tristes luces enfrentadas. La noche anterior estuve llorando. Toda la noche del viernes, que es mujer, ese viernes en que Laura me llamó como loca a avisarme que mi novia había muerto. Estamos hablando de Bogotá City, y ella en Cali, desde su sexto piso, se lanzó por una ventana que decía Laura, parecía más bien el vidrio roto de un acuario lleno de peces de humo: una fiesta pasadísima y todos sofocándose. Creo que la ventana era la única salida. Apenas vi a Nelson acercarse y tenderme una mano cargada de hilos, la reconocí a ella, quien sabe por qué. Había que notar bien adentro entre sus ojos para no reconocerla, -los ojos de Nelson del color de los ojos, color reggae, de Ana-; o leer con sumo cuidado entre sus palabras, más de dos veces, que al final terminaban siendo palabras resonantes como en una carta de ecos, escrita con tinta azul. Para entender lo del parecido había que agarrar con delicadeza las hojas sobre las que estuvieran escritas las palabras, y entonces pasarla por sobre una hoja nueva, blanca, y ver como quedaba todo al revés. Para comprenderlo bien habría que estar de pie junto al semáforo, -como yo en la noche del Viernes-, transitar y de repente caer hasta el fondo de un charco, turbio como el café, en ese sueño en que pasaban unos carros y las luces se veían como ojos de cíclopes, dos ojos individuales mirando hacia el papel pálido que era mi rostro, las palabras que manchaban esas hojas sobre la que debieran estar escrito los lamentos, los gritos, para dejar un charco azul detrás, letras que se destiñen y entonces sientes un vaso de cartón desfondado, y el café hirviendo regándose sobre los dedos, por entre las letras. “Pasé una noche de perros”, le respondí, más bien contándole, como si quisiera ignorar su invitación cálida, la de venir a comprarle cuando quisiera. Seguro le hice saber que andaba solo, porque así se lo tomó, y enseguida me dijo. “Todos las pasan. Los que viven en la calle están peor que vos”. Luego se mostró amable y esa fue la única vez que alcancé a verle forma alguna de vida, como esos muñecos animados a los que los niños hacen hablar: “El vos no es de aquí”, Pensé. Quise decirle Ana, de Cali, que es allá donde utilizan el vos. Lo miré perplejo, abriendo bien los ojos y oyendo la mitad nada más de lo que –el ojo verde- me dictaba, porque era igual a cuando se tiene que hacer esfuerzo para entender, que uno respira el olor de las palabras con su puntuación y todo, como si fuera aire ácido, perdiéndose la mitad del sabor en sonidos que se volaron, que no lograste acercarte demasiado a los olores. Me hablaba de cómo había traído artesanía de otro lugar y apenas había llegado anoche, que acá la situación de los otros no era del todo normal. En solo una noche de pernoctar vio que la mitad de los vendedores se quedaban en la calle. “Noche de perros, la de pasar con este frío ahí tirado”. Señaló un bulto donde se recostaban dos cuerpos, y al levantar la mirada pude ver la ventana de un apartamento que imaginé cubierto de algas. Entonces sentí como todo era muerte y perfume de muerte, Ana un bulto -¡ese bulto!- preso a los pies del edificio, víctima de su altura, de la imposibilidad de sembrar tierra blanda y acolchonada, y arrancar de raíces el cemento. Solo hacía falta el semáforo, como decía la carta, o como imaginé que diría si tomáramos las letras de sobre la hoja y las re acomodáramos, el semáforo de mi sueño, la mancha azul de tinta como un charco, la contaminación por ese delirio que tenía Ana y que ahora yo cargo como si sufriera de paranoia, como si fuera parte de la realidad que ella alguna vez me mostró desde su ventana, un delirio lógico y coherente. ¿Será que un ser paranoico como Ana habría sido finalmente aceptado en este mundo de licores sin hielo, o tendría que acabar tirándose por una ventana protestando y exigiendo –exigiéndose- el respeto? Yo hasta el momento, hasta anoche que caminaba y vine a dar a este mismo parque del que salí ileso con los mismos ojos, la misma ropa y el mismo corazón, viví lejano e indiferente al mundo del acuario y las piedras de whisky on the rocks bajo las que se escondían como cangrejos, del lado verde de la ventana, las ganas purísimas de morir de Ana, y esas mismas ganas las sufrí más tarde –y lo volví a ver - cuando crucé la calle de vuelta, y del semáforo en amarillo que se distanciaba en el charco, y del reflejo azul de las llantas, el freno chillón de un borracho, me avisó que tal vez, en medio de dos posibilidades tan bien distinguidas, vendría igualita la muerte para mí, tal como ocurrió con Ana, y entonces nos encontraríamos y yo le diría que tuve un sueño en el que se me apareció el mismo semáforo, el mismo charco azul de sus delirios.
Noche de perros que no se compara con ninguna noche de perros fue lo que pasé. -Ellos que sufrieron el frío-, como me alegaba Nelson, no tienen nada de parecido a un perro por estar tirados en esas. Y es que le tengo más miedo a los peces que sobreviven todavía incluso así Ana se haya lanzado por la ventana, -sus peces- que ahora me persiguen en la noche, y me tienen en este ahora del que salen no más pedidos en carta, y cartas de letras azules, “sin lechuga, por favor”, como siempre decía Ana. También lo dijo Nelson, que lo invité a almorzar ese mismo día, a menos de doce horas de muerto –de muerta Ana-, porque pasé de nuevo por el parque, luego de haber vuelto a mi edificio y llorado otras dos horas seguidas, llorado y luchado contra las terribles ganas de morir y las babas, la sensación pegachenta de los peces.
- Sin lechuga la hamburguesa, si es tan amable -.
Nelson tenía la mejor educación que jamás haya visto en un vendedor de artesanías de la calle. También parecía que llevara doce horas de muerto, pero que al final estuviera recobrando la vida, entre cada mordisco. Y entre cada sorbo, una antigua vida se iba recuperando como si estuviera tomando forma, coloreándose y dibujándose en su rostro.
- Con esa hamburguesa sí vas a quedar al pelo, amigo –le dije amablemente, como si la hamburguesa le estuviera derramando su color.
Le llegaba de abajo, y le atacaba la palidez. Se regaba por toda la cara hasta su cuello, y luego al resto del cuerpo hasta el pantalón. Definitivamente llevaba doce horas de muerto, y en ese preciso instante el trozo de hamburguesa y el color del queso estallaban recordándole lo que había sido en su anterior vida. Estas conclusiones carecían de sentido. Pero Nelson hablaba de todo un poco, maldecía que no hubiera llegado mi pedido, y yo pensaba en su parecido con los personajes de la vida real que salen en las series de televisión gringas, y estaba seguro de su condición de muerto y su parecido con Ana que llevaba muerta también doce horas. “De pronto eran amantes”, me contesté. “Los dos se lanzaron de la ventana”. Inmediatamente descarté que Ana se hubiera metido con un tipo que vendiera artesanía, por muy loca que fuera. Luego sacudí mis pensamientos. Dije en voz alta que únicamente salían pedidos sin lechuga, para explicar la demora de mi plato. Mientras Nelson oía lo de la lechuga, de nuevo el parecido de sus ojos me hizo ver a Ana del otro lado de la mesa. La imagen y el tic como una distorsión, el miedo de esa Ana de ojos como delfín que yo había más o menos olvidado, que dejé de pensar por estar deseando irme a vivir lejos y buscarme una mujer cuerda. -La mesera me trajo mi hamburguesa, y pedí una taza de café. Sobre la mesa me colocaron un vaso de cartón-. Miedo por qué, si mientras vivía ella no tenía miedo de estar muerta. Me decía que hasta la paranoia era transmitida sexualmente, así que mejor ni la tocara, si yo pensaba de ella tan mal. Mejor que me fuera. Tenía miedo de contagiarme, tal vez, y sus ojos atisbaban y se tornaban entonces de un color naranja. O tal vez, tenía miedo de estar viva, y sus ojos atisbaban y se tornaban de un color reggae naranja. “No, igual seguía siendo muy del suburbio para meterse con un artesano”, me distraje, y me sorprendió seguir pensando esa posibilidad. ¡Pero Nelson era tan exacto! Sus ojos de cíclope, y mientras el derecho se sacudía y se tornaba del color de los de Ana, (muertos), el otro brincaba emocionado con el pedazo de hamburguesa ante su mirada bizca, y seguía del mismo color, incluso recobrando brillo, luz y espejos como si el cíclope de la izquierda fuera un niño y estuviera encuentado con un caleidoscopio. Entonces noté a ese cíclope de mirada de niño como si tras su único ojo se escondiera tímida la vida de antes del viernes. Noté que estaba sufriendo, el niño cíclope, que ahora se mantenía escondido y por esa pupila que era su prisión apenas se asomaba por la ventana cada vez que la hamburguesa se ponía estaba cerca. Vi entonces que se asemejaba más a lo que en verdad era Nelson, lo que en el fondo de los espejos de telaraña (si uno podía mirar en el fondo del reflejo) resultaba siendo ese rostro lo más Ana posible y lo menos Ana, al tiempo, ineluctablemente prisionero, ahogado. El ojo del niño cíclope me decía toda la verdad, y apenas me distancié y dejé de mirar tan de cerca y pude ver el resto de su prisión, como un cuerpo gris y sucio, supe que a ese niño cíclope de ojos reggae naranja lo habían llevado a la fuerza, y lo habían torturado y dejado inconsciente pero finalmente no lo habían logrado del todo matar. Fue entonces que se me ocurrió que Nelson cargaba otra vida, que la vida de antes del viernes no era esa misma vida que tenía yo sentada al frente, que dos minutos antes había confundido con la vida de un muerto. Me exasperé, comencé a temblar de miedo y derramé el café hirviendo sobre mis dedos, haciendo que todo sobre la mesa se desordenara. Incluso corrí la silla hacia atrás y emití ese sonido alarmante que hace que todo se raye. El cíclope de la derecha me observó mientras el niño cíclope, lejos de la hamburguesa, volvía a perderse tras la pupila y se apagaba para no volverse nunca más a asomar. Nelson dejó la hamburguesa sobre el plato y quiso ayudar a limpiarme pero entonces me paré. Fue en ese instante que tuve todas las respuestas. Un poco zafado, con el café derramado y ardiéndome, grité durísimo:
– ¡Tú no eres de acá!, y este es tu primer día como artesano! -, lo acusé, señalándolo con el dedo. Sorprendidísimo (¡acorralado!, pensaba yo), me miró, esta vez con ambos ojos de delfín, y entonces yo seguí gritando con locura:
-¡Tú te mataste anoche con Ana! Lo sé. Ella no habría caído tan bajo como para estar metida con un artesano, pero tú no eras artesano anoche, ¿verdad?, Vos sos de Cali, tal como ella. Te mataste allá. ¿En dónde estaban?, ¿En un edificio? Eres idéntico a ella. ¡Y estás muerto!, ¿No es cierto?, desde anoche están muertos los dos porque se lanzaron juntos y ella fue capaz de engañarme, de matarse contigo, tanto que prometió que yo sería el único que podría lanzarme con ella – Entonces mi voz comenzaba a quebrarse – ¿Quién carajos eres y por qué te vengo a conocer esta mañana?¿Por qué te pareces? ¿Por qué culpa tengo que venir a sufrir yo que esa loca se haya tirado? y tú que estás muerto ahí, ¿qué me miras? –
Bajé el dedo y comencé a llorar, afligidísimo. Las meseras en el café me miraban, y ahora Nelson se paraba y venía a consolarme. Estaba apacible, aún sorprendido por el repentino ataque, mi delirio ilógico e incoherente.
- Yo soy una persona muy perceptiva – le dije para defenderme justo antes de que me tocara el hombro y me diera una palmadita. Me dijo: “Cálmate, amigo. Te voy a contar algo que te va a tranquilizar”.
Lo que aconteció después fue que saliéramos de ese restaurante y me llevaran hasta el mismo parquecito de la mañana (y de la noche), en donde sentados sobre el parche, Nelson comenzó a relatarme el cuento increíble de su otra vida, -que algo suponía yo de eso en el fondo de mi incoherencia-. La historia se podría resumir así: El plan de un muchacho de una de las familias más bien de Cali que se decide librar de toda una vida de esclavitud y materialismo y entonces opta por fingir su suicidio. Luego ese muchacho viene a Bogotá y reanuda su vida como artesano, mientras en su ciudad todos lo creen muerto. Se metió de ermitaño. Me calmé, y además sentí admiración por Nelson. En ese momento no le conté nada de lo de Ana (¿más?), y supuse de todas formas que ya sabía, al menos una buena parte. También creería que tuve algo de razón: Nelson sí se había muerto la noche en que Ana, sólo que murió únicamente para una limitada parte del mundo, un pedazo de ciudad que lo recordaría tristemente.
Al llegar a mi apartamento, esa misma noche, vi sobre el piso de la entrada un sobre tirado. Me lo imaginé y al tiempo no creía que fuera a ser cierto: era de Ana, lo decía claro en tinta azul. No lo he querido abrir, pero pienso leérselo a Nelson de todas maneras, -quizá algún día, justo como hizo él conmigo, para contarle mi historia, la verdad mía y de Ana, la poderosa enfermedad de transmisión sexual que no se cura ni con la muerte.